Thursday, October 17, 2019

Gracias Doña Rosa

enero 4, 2012 por  
Archivado bajo Historias, Inspiración

El primer día de clase que Doña Rosa se enfrentó a sus alumnos de quinto grado, les dijo que ella trataba a todos los alumnos por igual y que ninguno era su favorito. En la primera fila sentado estaba Pedro, un niño antisocial, con una actitud intolerable, que siempre andaba sucio y despeinado. El año anterior, Doña Rosa había tenido a Pedro en una de sus clases. Doña Rosa veía a Pedro como un niño muy antipático. A ella siempre le daba mucho gusto poder marcar una «F» con lápiz rojo en todo trabajo que Pedro entregaba.

En la escuela donde Doña Rosa enseñaba era obligatorio revisar el archivo de historia de cada alumno y el de Pedro fue el último que ella revisó. Cuando empezó a leer el archivo de Pedro, se encontró con varias sorpresas.

La maestra de Pedro de primer grado había escrito: «Pedro es un niño muy brillante y muy amigable, siempre tiene una sonrisa en sus labios; él hace su trabajo a tiempo y tiene muy buenos modales. Es un placer tenerlo en mi clase».

La maestra de segundo grado decía: «Pedro es un alumno ejemplar, muy popular con sus compañeros, pero últimamente muestra tristeza porque su mamá padece de una enfermedad incurable».

La maestra de tercer grado escribió: «La muerte de su mamá ha sido muy difícil para él. El trata de hacer lo mejor que puede pero sin interés. Tampoco el papá demuestra ningún interés en la educación de Pedro. Si no se toman pasos serios, esto va afectar la vida de Pedro».

La maestra del cuarto grado: «Pedro no demuestra interés en la clase…Cada día Pedro se cohibe más. No tiene casi amistades y muchas veces duerme en clase».
Después de leer todo esto, Doña Rosa sintió vergüenza por haber juzgado a Pedro sin saber las razones de su actitud.
Se sintió peor cuando todos sus alumnos le entregaron regalos de Navidad envueltos en fino papel con excepción del regalo de Pedro que estaba envuelto en un cartucho de la tienda. Doña Rosa abrió todos lo regalos y cuando abrió el de Pedro, todos los alumnos se reían al ver lo que se encontraba dentro. En el cartucho había una botella de perfume a medio usar y un brazalete al que le faltaban algunas de las piedras preciosas. Para cortar las risas de burla de sus alumnos, Rosa se puso inmediatamente
el brazalete y se echó un poco del perfume en cada muñeca Ese día Pedro se quedó después de la clase y le dijo a la maestra:
– «Doña Rosa, hoy usted huele como mi mamá». Después que todos se fueron, Doña Rosa se quedó llorando durante una hora.

Desde ese día ella cambió su materia. En vez de enseñar lectura, escritura y aritmética, escogió enseñar a los niños. Doña Rosa empezó a ponerle más atención a Pedro. Ella notaba que mientras más ánimos le daba, más entusiasmado reaccionaba él. Al final del año, Pedro se convirtió en el más inteligente de la clase y a pesar de que Doña Rosa había dicho el primer día de clase que todos los alumnos iban hacer tratados por igual, Pedro era su preferido.

Pasaron 6 años y Doña Rosa recibió una nota de Pedro que decía que se había graduado de la secundaria y que había terminado en tercer lugar. También le decía que ella era la mejor maestra que jamás había tenido.

De ahí pasaron 4 años cuando Doña Rosa volvió a recibir noticias de Pedro. Esta vez, él le escribía que se le había hecho muy difícil pero que muy pronto se graduaría en la universidad con honores; y le aseguró que todavía ella seguía siendo la mejor maestra que tuvo en su vida.

Pasaron 4 años más cuando Doña Rosa volvió a saber de Pedro. En la carta él le explicaba que había conseguido su título y que había decidido seguir una especialización. En esta carta Pedro nuevamente le decía que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida. Esta vez la carta estaba firmada con «Dr. Pedro Altamira».

En la primavera, Doña Rosa volvió a recibir una carta de Pedro donde le explicaba que había conocido a una muchacha con la cual se iba a casar y quería saber si Doña Rosa podía asistir a la boda y tomar el lugar reservado usualmente para los padres del novio. También le explicaba que su papá había fallecido varios años atrás. Claro que Doña Rosa aceptó con mucha alegría. Y el día de la boda, se puso el brazalete sin brillantes que Pedro le había regalado y también el perfume que la mamá de Pedro usaba.

Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuertemente y el Dr. Altamira le dijo en el oído muy bajito «Doña Rosa, gracias por haber creído en mí. Gracias por haberme ayudado a descubrir que valía y que yo podía hacer la diferencia». Doña Rosa, con lágrimas en los ojos, le respondió. «Pedro, tú estás equivocado. Tú fuiste el que me enseñó que yo podía hacer la diferencia. ¡Yo no sabía enseñar hasta que te conocí a ti!».

QUE ONDA!

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